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| Vollmond (1) |
Komm schließ die
Augen, glaube mir Caminaba,
cerrando sus ojos un instante, escuchando el silencio de la noche; la apenas
audible melodía del viento nocturno, aquella suave brisa pasando por entre las
altas murallas del Santuario, su piel disfrutando la sensación de escalofrío
mientras era acariciada por la brisa nocturna. Sus labios se entreabrieron,
permitiendo que un suspiro abandonara su garganta; un gemido casi lastimoso,
que emulaba, aunque fuera débilmente, las voces que no podía acallar en su
mente. Cada
vez que cerraba sus ojos, venían a su mente confusas imágenes, voces se
mezclaban en su mente, el llorar de un niño; y finalmente, un silencio
sepulcral tras lo cual sólo quedaba el latido acelerado de su corazón,
angustiado por no poder entender. Incluso podía sentir sus manos trémulas,
presionándose con fuerza hasta extraer carmín de ellas, un carmín de la misma
tonalidad que aquella que cubría sus manos en su sueño, pero aquella no era su
sangre, era una calidez perturbadora y culpable; sangre inocente que sabía él
mismo había derramado. Entreabrió
sus ojos, observando detenidamente la imagen del Santuario, las milenarias
piedras acariciadas por la argentina luz de la luna, que como un plateado dije
parecía reinar el oscuro cielo de azul medianoche. La imagen se le antojaba
casi espectral, con un aire entre melancólico y de ensueño, provocado quizás
por la propia angustia en su alma. Aún así, encontró cierto consuelo en la
soledad de la noche y en la caricia de la brisa nocturna, prófuga. Se
percató en ese instante del sepulcral silencio. Era como si todo a su alrededor
se hubiese detenido; se sintió como atrapado en un cuadro nocturno. Un lugar a
la mitad de la nada, ese ya no era el Partenón, sino un simple llano donde la
luz de la luna parecía bañarlo todo. Un lugar donde no había dolor o muerte, ni
principio ni fin. Sólo la maravillosa orquesta de la naturaleza dispuesta ante
su mirada como el más excelso manjar jamás paladeado. Decidió
sentarse en el piso, disfrutando de la frescura del mismo para poder después
recargar su mentón en ambas rodillas, envolviendo las piernas con sus brazos,
como buscando proveerse a sí mismo ese calor humano que a veces tanto añoraba y
que se negaba a solicitar, tanto por orgullo, como por la dolorosa certeza de
que no habría nadie dispuesto a escuchar su petición, aún menos a cumplirla.
Sin estar seguro de cómo, su cuerpo comenzó a mecerse, arrullándose mientras
sus labios se mantenían sellados, tratando su mente de recordar alguna suave
canción de cuna. Una
sonrisa cargada de acritud se dibujo en sus delgados labios al percatarse de lo
infantil y sentimental que se mostraba en esos instantes. Pero era imposible
evitarlo, aquella sensación de vulnerabilidad se acrecentaba con la oscuridad y
con la soledad auto impuesta. Pero era algo necesario para poder conservar su
salud, su cordura. Había días en los que no sabía quién era, se perdía entre la
realidad y esas imágenes de tan fatídica naturaleza. Aquella extraña confusión,
la ansiedad nacida de esa incertidumbre acerca de si eran meras fantasías o
sueños premonitorios. Algo en él deseaba saber la verdad y otra parte, prefería
la ignorancia. Suspiró,
procurando no emitir sonido alguno mientras ladeaba su rostro. Usualmente no
era del tipo sentimental, antes bien prefería la practicidad, pero por alguna
razón esa luna resplandeciente y la atmósfera, parecían cómplices en el propósito
de extraer de su persona hasta el último ápice de sensibilidad. Por ello no se
extrañó al sentir una gruesa y tibia lágrima descender por su mejilla. Quiso
cerrar sus ojos, esperando aquella sensación desapareciera lentamente. Y lo
hizo, pero no como él esperaba. Una
delicada sensación sobre su piel retiraba la lágrima, provocando así que
abriera sus ojos. Era como verse en un espejo de plata, sólo que ese rostro era
distinto al suyo. Las líneas eran ligeramente más suaves, y sus ojos parecían
brillar con luz sobrenatural. Eran los mismos rasgos, pero había algo sutil en
ellos, la marcialidad de su propio rostro estaba ausente. Vio nacer en aquellos
labios tan familiares una sonrisa, casi cargada de ternura. No
supo cómo responder. Usualmente habría esquivado el contacto, limpiado sus
propias lágrimas y fingido que todo estaba bien, acorazando su exterior con
toda la naturalidad del mundo. Pero al ver a su hermano frente a él, sin
burlarse de su temporal vulnerabilidad, no supo qué hacer. Deseaba huir del
contacto y por otra parte recordaba amargamente esa necesidad de cercanía que
había experimentado momentos antes. Así
que sin pensarlo más, tomó con fuerza el brazo del otro, jalándole hacia su
persona para envolverle en un abrazo casi asfixiante. Supo que probablemente
estaba lastimando a su hermano, pero éste no dijo nada. Permaneció en silencio, únicamente
acariciando con sus dedos la larga y sedosa melena de su persona, como buscando
apaciguar la terrible tormenta en su interior. Parecía como si con ese sólo
abrazo tratase de volver a ser uno con él, regresar a ese estado primigenio en
el cual aún estaba completo. Deseaba
estar seguro de que estaba bien, de que no había dejado en algún lugar a su
verdadero yo. Necesitaba sentir, saber que estaba vivo. Se alejó un instante,
perdiendo sus ojos en los de esa otra persona frente a él. Acariciando
insistentemente la mejilla del otro para después rodear el cuello de éste con
sus brazos. Parecía no importarle tener a ese intruso en su perfecta noche
estrellada, porque por más perfecta que fuese la luna, por más místico que
fuese el brillo pálido de la misma, esa frialdad le calaba en lo más hondo,
acrecentando su necesidad de calidez humana. -Dime
¿estoy vivo? ¿O es que he estado muerto todo este tiempo?- Le miró
extrañado, antes de fruncir el ceño ligeramente para a continuación rodearle
con sus propios brazos. Apoyó su barbilla en la cabeza del mayor de ambos,
antes de suspirar; por un lado no deseando romper el silencio, sin embargo la
conciencia de que le necesitaban fue mayor. -No
podría abrazarte si estuvieras muerto…- -Pero
soy un monstruo…- -No es
verdad, eres mi otra mitad, si fueras un monstruo, yo también lo sería. Así que
dime ¿crees que soy un monstruo?- Le
miró un momento, viendo su cálida sonrisa, su mirada suavizándose de modo
apenas perceptible antes de negar con un firme y breve movimiento de cabeza.
Nuevamente cerró los ojos, y pudo ver sus manos de nueva cuenta, cubiertas de
carmín. Muerte rodeándolo, muerte producto de sus pecados. Abrió sus ojos,
exaltado, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo, para después ser sujetado
aún con más fuerza por el otro hombre. -Tranquilo…
no sé bien que viste pero sé lo que sientes cada vez que eso pasa, puedo sentir
tu dolor, tu angustia. Déjalo ir, no te sirve de nada pensar en esas cosas. Son
sólo sueños-. Se
repitió mentalmente aquella frase, tratando de convencerse de su veracidad.
Después se apartó suavemente, mirando sus manos aún teñidas. -Pero
mis manos… tanta sangre… no puedo…- Dejó
caer su cabeza, llevando sus manos hasta sus sienes, cerrando sus ojos con
fuerza. Sintió en ese instante como le tomaban de las manos, unas semejantes
acariciándolas, entrelazando sus dedos. -Míralas,
abre tus ojos y míralas de nuevo- el aludido obedeció, encontrándose con sus
manos entrelazadas- ¿ves algo más que nuestras manos? Porque yo no, yo sólo
puedo ver unas manos que han sido entrenadas para salvar vidas, para pelear por
el bien de otros…- Mientras
decía aquello acariciaba el dorso de su mano, sonriendo un instante antes de
soltarlas, sólo para después levantarlas un poco, mirándolas contra la luz de
la luna llena. -Ciertamente
pueden traer muerte, pero yo sé que no lo harías de no ser necesario-. Levantó
su rostro, lo miró con marcial seriedad antes de tomar al hombre frente a él
por los hombros. Sus miradas encontrándose. -Haz
me una promesa Kanon, prométeme que si alguna vez me convierto en ese ser que
tanto temo, harás hasta lo imposible por detenerme, incluso si eso significa
que tengas que matarme. ¿Entendido
Kanon?-. El
aludido le observó, abriendo sus ojos, enormes pozas que en ese instante sólo
reflejaban incredulidad ante las palabras que acababa de escuchar. Deseaba
negarse, no estaba dispuesto a aceptar que tal cosa sucediera. Saga era noble,
una persona tan pura que era casi irreal. -Yo…- La
mirada profunda y cargada de autoridad le hizo callar, permitiéndose asentir
únicamente. -De
acuerdo… yo lo intentaré, no te aseguro poder hacerlo Saga porque ¿estás
consciente de lo cruel que eres al pedirme que me mate a mí mismo? Porque somos
uno Saga y al matarte, me estaría matando a mí también-. -Pero
debes hacerlo Kanon, debes hacerlo si eso llega a pasar. Si llego a perder el
control…- Le
abrazó nuevamente, disfrutando de la tibieza del cuerpo de su gemelo,
disfrutando de la firmeza de ese cuerpo contra el suyo. Recobrando parcialmente
esa seguridad tan suya que había perdido, disfrutando de aquella hermosa noche. Levantó
el rostro de Kanon, mirándole con cierta sonrisa melancólica antes de tomar el
rostro de éste en sus manos para proceder a colocar sus labios sobre los del
menor. Un suave contacto, apenas más allá de un roce; sellando así una promesa
con la luna llena como mudo testigo. (1)Luna
llena (2)Ven,
cierra los ojos, cree en mí. Volaremos encima del cielo. Necesito tanto tu
amor, que me ha embriagado en la sangre. - In Extremo/ Vollmond |
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